LA HOSTERÍA DE BEATRIZ TELLAECHE… Y ALFONSO DE ASUAGA SALVATIERRA

Alfonso de Asuaga Salvatierra nace en 1398, en Brujas (Flandes), en la Casa de Contratación de los Vizcaínos  de cuyo cónsul era pariente. Este edificio fue derruido en el siglo XIX pero el nombre de la plaza en la que se encontraba: “Biskayers Plaatz” (Plaza de los Vizcaínos) se ha conservado hasta hoy.

Su madre había enviudado hacía siete meses y ante el desamparo al que se veían avocadas las mujeres que no disfrutaban de la protección de un consorte, tuvo que ser acogida por su tío, hombre muy influyente en Flandes, al representar a los vizcaínos, que así llamaban a los de Bilbao, mercaderes recios y respetables, “No hay vizcaíno morador, sin inclinación o interés por el comercio” decían los naturales de la ciudad.

De los flamencos aprendió su carácter laborioso y disciplinado, eran tan buenos administradores que pocos países había tan bien gobernados y ninguno tan rico. De los bilbaínos, su naturaleza emprendedora y su voluntad férrea.

La primera vez que viajó a Bilbao le sorprendió la actividad fabril de la ría. En los astilleros trabajaban incluso por la noche con la luz de inmensas hogueras, la navegación de los mercantes era continua, la construcción de nuevos muelles, el trabajo en las ferrerías, las numerosas lenguas que en sus soportales se hablaban… pero lo que le fascinó fue la permisividad, la transgresión que exhibían aquellas gentes de diversa índole social en aquella celebración carnavalesca, disfrazadas del género opuesto en posturas de carácter sensual, danzando al compás de aquellas músicas agudas que surgían de cualquier sitio e infernales percusiones que golpeteaban su torso.

Los Países Bajos exhibían un puritanismo exasperante aunque, después entendería que la instauración oficial y efímera de la locura y el disparate reduce la presión social y acaba perpetuando el mismo estado de cosas.

Se aficionó pronto y fue asiduo de las numerosas tabernas de Abando, donde siervos y señores bebían variadas sidras y en ocasiones vinos riojanos de mucha estructura.

En uno de estos locales conocería a Sebastián Tellaeche García, marino viejo pero muy vigoroso que sentía gran inclinación hacia los placeres de la vida y con una familia que le dejo muy grata impresión, especialmente Beatriz con la que contraería nupcias.

Era Beatriz mujer proporcionada y noble en su proceder, contagiada de mucho ánimo y optimismo por su progenitor, resuelta en las emociones y poseía una especial afición por las artes culinarias, extraña vocación en una Europa que todavía practicaba la alimentación de subsistencia y no pudiendo presumir, como sociedad, de florida despensa.

Aderezaba el congrio, pescado entonces muy común en el Golfo de Biskaia, con especias exóticas que ella misma encargaba a los mercaderes judíos, con muchos de los cuales cultivaba una afable amistad y que por prejuicios y supersticiones muy extendidas en aquella época, las autoridades les prohibían pernoctar en la ciudad, alojándoles ella secretamente, no pocas veces y ante la murmuración y reproche de sus convecinos.

Presentaba las hortalizas crudas, cuando era temporada, como si de gala y holganza éstas estuvieran y las condimentaba de forma que deleitaban los sentidos y proporcionaban lozanía y vigor.

Cuando cocinaba carnero le extraía mucha de la grasa pues había advertido que los más acaudalados, que a menudo alardeaban de consumir carne diariamente, nunca lo hacían de longevos.

Era costumbre entonces comer con las manos pero en su mesa obligado era utilizar el paño con agua caliente que siempre colocaba a cada comensal para lustrarlas y aunque se bebiera sidra o vino en abundancia, en su presencia nunca se disputaba, dado el talante de la anfitriona y la consideración que merecía.

Era honra hasta para los que sobresalían de los demás por alcurnia u otras circunstancias, ser invitado a su solar e incluso asumían con agrado compartir banquete con indigentes y desamparados a quienes agasajaba y manifestaba siempre cariño y afecto. Hasta en las más refinadas alcurnias de la villa imitaban sus maneras y procedimientos.

Ni que decir tiene que Alfonso de Asuaga tuvo con Beatriz, feliz existencia y aunque en su vida hizo muchos negocios, ninguno tan provechoso como enamorarla.

Que sea este relato un velado homenaje a todas las mujeres anónimas de esta ciudad que la han hecho y que la hacen de las más habitables.

Fin